ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

El odio a Roger Waters y la más reciente arremetida del sionismo

A propósito de la nota ciudadana ‘Roger Waters y su camuflado concierto racista’, escrita por Eduardo Mackenzie

Por: Alexander Montero | Noviembre 27, 2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                            Foto: Flickr Adam Jones - CC BY-SA 2.0

 

Muy mal de la cabeza debe estar uno (o del alma) para despacharse con un odio visceral, malsano y atropellado contra Roger Waters y los asistentes al concierto ocurrido hace unos días en Bogotá. Muy ingenuo, fanático o ignorante debe ser uno para asumir que todos los asistentes son de izquierda o pertenecen a “mamertolandia” —de hecho, yo mismo presumo estar afiliado a una derecha política moderada—. Este tipo de reducciones y expresiones de odio además de desnudar una carencia argumental plena, evidencian lo más puro del sionismo, ser un régimen racista, que celebra el genocidio de los palestinos, que desprecia el más mínimo asomo de la legalidad internacional, que aborrece a la civilización y sus normas, que ha construido un sistema de Apartheid —denunciado en repetidas veces por las Naciones Unidas— y que no escatima en calificativos para desacreditar a sus críticos, así tenga que caer en grotescas contradicciones.

 

Y efectivamente es una grotesca contradicción asociar judaísmo y sionismo. El primer concepto claramente hace referencia a una muy respetable religión y a una comunidad religiosa, la cual, al igual que las otras dos religiones monoteístas originarias del Medio Oriente, transmite un mensaje de paz. Es una de las tres religiones abrahámicas, indisolublemente emparentadas entre sí a nivel teológico y de costumbres y que vivió persecuciones por Europa cristiana (no por el mundo musulmán ni por ningún palestino) durante siglos. El segundo concepto obedece a una ideología política que nace a fines del siglo XIX, que buscaba un “hogar nacional” para los europeos judíos no asimilados y que en su mayoría eran de Europa Oriental. No obstante, tal era la pobre popularidad del movimiento sionista entre los europeos judíos asimilados que varios de sus primeros congresos tuvieron obstáculos importantes y reducida participación de la comunidad.

 

El sionismo original de T. Hertzl proponía entre otras cosas un Estado laico,“sin veleidades teocráticas” como lo propone textualmente el mismo Herzl en su libro Der Judenstaat. Con el advenimiento del siglo XX, la dirigencia sionista cambia y bajo el liderazgo de las casas banqueras Rothschild y Weizmann –las mismas que financiaban el colonialismo de Londres- alinearon los intereses del sionismo con los intereses coloniales británicos. Así Palestina empezó a ser vista como una oportunidad estratégica y geopolítica para mejorar el posicionamiento de Londres en el Medio Oriente ya que el resto de la costa oriental del mediterráneo era francesa.

 

Así las cosas, el judaísmo y el sionismo marchan en direcciones contrarias. Es más, en sentido teológico el judaísmo más conservador llega a rechazar al sionismo y a la creación (artificial por demás) del Estado de Israel, toda vez que para esta corriente, tan solo con la venida del mesías debe darse la peregrinación hacia Palestina. Para movimientos judíos ortodoxos como Neturei Karta, el hecho de tener una entidad política vigente —el Estado de Israel—, en lugar de una entidad espiritual, llega a ser contraproducente porque se reemplaza una fidelidad religiosa y moral por una obediencia política a una entidad terrenal.

Es por esto que miles de judíos en el mundo, siendo judíos, se oponen y rechazan las políticas racistas y genocidas de Israel. Esto no es un contrasentido ni se trata del despectivo calificativo de self-hating-jew, con el que el sionismo busca atacar a los judíos contradictores. En este espectro de judíos opositores a las acciones políticas del Estado de Israel están desde ancianos sobrevivientes al Holocausto hasta reconocidos académicos como Noam Chomsky, Ilan Pappé, Shlomo Sand, Ury Avnery y Norman Finkelstein, entre otros.

 

Efectivamente sionismo no es judaísmo bajo absolutamente ninguna perspectiva. Sin embargo —y en términos del mismo judío Norman Finkelstein—, Israel hace un negocio político con la sangre de los propios judíos víctimas y construye una sombrilla todo poderosa para blindarse de las críticas que a diario y con justificada razón caen sobre su régimen criminal. El sionismo abusivamente acusa de antisemitas a todos los que le critican, así sean dos cosas diametralmente opuestas. Evidentemente, el sionismo sabe que tamaña acusación puede amedrentar al más centrado y por esta razón lo emplea a fondo. Una simple lógica mafiosa de intimidación y amedrentamiento.

 

Así las cosas y ante las acusaciones de Eduardo Mackenzie en su reciente artículo publicado en este portal, me gustaría preguntarme (a mí en sentido retórico porque nunca le preguntaría a él) ¿si alguien tiene la desfachatez de asumir que Nelson Mandela, Stephen Hawking, Rihanna, Natalie Portman, Daniel Barenboim, Madonna, Selena Gómez, Penélope Cruz, Javier Bardem, Pedro Almodóvar o miles de personalidades mundiales más son o fueron antisemitas o califican para el aberrante self-hating-jew?

Por lo tanto, señor Mackenzie, déjeme enfatizar que cada una de las palabras pronunciadas por Roger Waters sobre Palestina e Israel tienen toda la lucidez y responsabilidad del caso. Eso lo sabe alguien de izquierda como de derecha, pero el fanático posiblemente lo ignore.

 

Por respeto al mismo judaísmo, es necesario parar esta manipulación conceptual. Judaísmo no es sionismo, o si no que traigan a algún judío ortodoxo de Neturei Karta para que lo explique.

Artículo publicado en: Las Dos Orillas 

Link: https://www.las2orillas.co/el-odio-roger-waters-y-la-mas-reciente-arremetida-del-sionismo/

Correcciones a un publirreportaje

También debe de estar confundido el señor Peckel cuando dice que solo desde 1967 (la guerra de los Seis Días) son los Estados Unidos el “principal aliado” de Israel.

Por: Antonio Caballero | Septiembre 9, 2018

En la entrevista, o el publirreportaje, que le hizo Plinio Apuleyo Mendoza en El Tiempo a Marcos Peckel, director de la Confederación de Comunidades Judías de Colombia, sobre el reconocimiento de Palestina como Estado por parte del gobierno colombiano, se colaron bastantes imprecisiones y falsedades. Puede que no haya sido necesariamente por la mala fe del entrevistador y el entrevistado, sino solo porque la visión unilateral de un conflicto es siempre engañosa. Pero conviene corregirlas.

 

Para empezar, queda la insinuación que sibilinamente deja flotando el señor Peckel. “¿Qué hay detrás?” (del reconocimiento) –pregunta Plinio, que cree que siempre hay algo turbio “detrás” de cualquier acción justa–. Y Peckel le confirma su sospecha, como quien conoce un tenebroso secreto: “Hay mucha especulación, y no quisiera unirme a ella”, evade, retrechero; para a continuación unirse a ella añadiendo: “Pero pienso que fueron razones más personales de Santos que de Estado”. ¿Razones personales? ¿Cuáles? ¿Dinero? ¿Sexo? No lo dice Peckel. Tampoco Plinio lo pregunta. Se nota que la entrevista no es tal, sino una lista de respuestas escritas a un cuestionario escrito. Pero queda en el aire una vaga, una inconcreta sospecha…

Afirma Peckel que en 1948 Gromyko le dio a la creación de Israel “un apoyo sincero y honesto” cuando era ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética. Pero sin duda se equivoca, pues ese cargo solo lo ocupó Gromyko a partir de 1957, es decir, 10 años después de la proclamación del Estado de Israel, y al cabo de dos guerras entre este y sus vecinos árabes: la del 48 por la partición de Palestina ordenada por la recién creada ONU, que los palestinos llaman al-Nakba, la Catástrofe, pues expulsó de su tierra a 600.000 personas: la mitad de la población; y la del 56 por el canal de Suez, cuando Israel se alió con Inglaterra y Francia contra Egipto, y los tres países agresores fueron detenidos por la presión conjunta de los Estados Unidos y la Unión Soviética. O al cabo de tres guerras en realidad, contando como primera la guerra civil entre palestinos judíos y palestinos árabes del 47, todavía bajo la ocupación británica de su “mandato” sobre Palestina, autoconcedido al final de la Primera Guerra Mundial.

También debe de estar confundido el señor Peckel cuando dice que solo desde 1967 (la guerra de los Seis Días) son los Estados Unidos el “principal aliado” de Israel. Su aliado inconmovible: el que interpone su veto cada vez –y han sido 14– que la Asamblea de las Naciones Unidas o su Consejo de Seguridad dictan una resolución condenando los abusos del gobierno israelí: la negativa a devolver los territorios palestinos ocupados desde la guerra del 67; el expolio de casas y huertos palestinos, derruidas las unas y arrancados los otros para abrir paso a millares de ilegales asentamientos de colonos judíos; la invasión del Líbano; el bloqueo de la franja de Gaza (que Peckel llama “legal”); la proclamación de Jerusalén como “capital eterna” de Israel, aceptada en el mundo únicamente por el presidente Donald Trump, que ya trasladó a esa ciudad la embajada de los Estados Unidos, y por el presidente Iván Duque, que siendo candidato manifestó que no descartaba la idea de hacer lo mismo con la de Colombia. Es cierto que, como dice Peckel, las armas del autoproclamado Estado judío en 1948 venían de Checoslovaquia, recién absorbida por el campo soviético: las compraron allá los fundadores de Israel porque no pudieron obtenerlas de los Estados Unidos. Estos temían que la Agencia Judía las usara como lo estaban haciendo ya sus brazos terroristas –Irgún, el grupo Lehi del pronazi (!) Abraham Stern, la propia oficial Haganah– contra la Gran Bretaña, potencia ocupante de Palestina. Pues no hay que olvidar –cosa que Peckel pasa por alto– que los primeros en usar el terrorismo en el Oriente Medio, antes que los palestinos contra los israelíes, fueron los judíos sionistas contra los ingleses ocupantes, que les habían concedido allí la apertura de un Hogar Nacional Judío 30 años antes pero no les autorizaban la posesión de todo el territorio.

Así que la Agencia Judía de Palestina fue a buscar sus armas en el bloque socialista. Pero fueron los Estados Unidos quienes convencieron a los entonces miembros de la recién creada ONU de que votaran (33 a favor, 13 en contra y 10 abstenciones) por la partición de Palestina en dos mitades desequilibradas: dos tercios del territorio para los judíos, que representaban solo un tercio de la población, casi todos llegados en los últimos 15 años de Europa y Rusia y de los supervivientes del Holocausto cometido por los nazis, y un tercio para los árabes palestinos, que eran el doble –1.200.000– y estaban ahí desde hacía muchos siglos.

 

A la pregunta de Plinio (aunque ¿de verdad fue el astuto y sabiondo Plinio Apuleyo Mendoza quien redactó ese ingenuo cuestionario publicado bajo su nombre?) sobre “cuál es el vínculo histórico que tiene Israel con el territorio en donde está ahora” responde así Peckel: “Un milenario vínculo histórico, y no solo por lo narrado en el Antiguo Testamento”. Para probar lo cual cita dos hechos que solo son narrados por el Antiguo Testamento: que en el año 1350 (antes) de la era común “Moisés saca a los esclavos de Egipto y hace su peregrinación para llegar a Israel, la tierra prometida en el lenguaje bíblico. Ahí se establece el reino judío”… Para lo cual, aunque no lo menciona Peckel, hubo que pasar al filo de la espada a 20 naciones: amorreos, hititas, cananeos, ferezeos, hereos y jebuseos, y ofrendar a Jehová los prepucios de sus guerreros vencidos. Y finalmente, ya en tiempos de los Jueces (siempre según el Antiguo Testamento) hubo que despojar también a los filisteos, que al parecer son los antepasados de los actuales palestinos: su capital era Gaza.

 

Finalmente (aunque cabrían más correcciones se me acaba el espacio de esta columna) denuncia Peckel con indignado desdén que el Consejo Nacional Palestino, en 1988, “declaró la independencia del territorio que no tenía”. Cabe recordarle que exactamente así se han fundado prácticamente todos los países. Como el antiguo Israel de Moisés y Josué, fundado sobre la promesa de una zarza ardiente referida a un remoto país de leche y miel. O, para no irnos tan atrás, como el Israel actual, proclamado en tierra ajena (la de los palestinos) y abusiva pero efectivamente ocupada por los ingleses: un territorio que los judíos no tenían.

 

De nada por las aclaraciones, señor Peckel. Fue un placer.

Artículo publicado en: Revista Semana

Link: https://www.semana.com/opinion/articulo/publirreportaje-de-plinio-apuleyo-a-marcos-peckel-en-el-tiempo-por-antonio-caballero/581475

Israel, una colonia extranjera en Oriente Medioo

Las tierras que hoy son consideradas como parte de este Estado siempre habían pertenecido a los palestinos hasta que en un cerrar de ojos, en 1948, esto cambió

Por: Rim S. | Diciembre 06, 2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                Foto: Pixabay

 

De acuerdo al diccionario de Oxford, una colonia es una zona bajo el control total o parcial de una potencia extranjera y que es ocupada por colonos de ese Estado. Así, una colonia es un conjunto de personas que usurpan de esta manera las tierras de los dueños de ellas, y así establecer estas como parte de su nueva patria.

 

En esta línea, las tierras que hoy en día son consideradas como parte del Estado de Israel, antes pertenecían y siempre habían pertenecido a los palestinos. La creación del Estado de Israel en 1948, es un claro hecho de que Israel realmente es una colonia extranjera en Oriente Medio. En tan solo un abrir y cerrar de ojos, una persona (que no tenga la Tarjeta de Identidad palestina y con el previo permiso de Israel) es capaz de pasar de una zona donde su población se identifica como palestina y con cultura árabe, a una zona donde la mayor parte de la sociedad pertenece a una cultura predominantemente procedente de Europa del Este. ¿Cómo es eso posible? Pasar por uno de los checkpoints o puntos de control israelíes que se sitúan dentro de las zonas legalmente pertenecientes al Estado de Palestina, y que intentan separar y aislar (además de dificultar el movimiento dentro de su propio territorio) a los palestinos de unas zonas a otras. En atención a lo cual, tan solo se demora unos diez minutos en carro desde Belén a Jerusalén, ambas ciudades palestinas, y a pesar de ello, los habitantes palestinos tienen prohibida la llegada a la ciudad Santa. No obstante, todas las resoluciones internacionales, las resoluciones de la Asamblea General de la ONU y las resoluciones del Consejo de Seguridad declaran el derecho legítimo de que Jerusalén Este forma parte de Palestina, además de declararla de manera internacional como su capital legítima. Pese a ello, el Estado israelí ocupó y también anexionó de manera deliberada toda la ciudad en 1967, sin importarle la Ley Internacional e ignorando el status de los habitantes palestinos de esa ciudad.

Así pues, llama la atención como en las calles de Tel Aviv se puede oír a las personas hablar en ruso, en francés o en alemán, más que en hebreo, el idioma oficial del país. Además de eso, llama también la atención el aspecto de la mayor parte de los israelíes quienes provienen de Rusia y del Este de Europa, que son zonas muy distantes, teniendo en cuenta cuál es la región en la que viven (Oriente Medio) la cual  es una zona situada entre África y Asia. Y es por eso que, claramente, Israel no se trata de otra cosa que una colonia extranjera en medio de Oriente Próximo.

Todo lo que actualmente la comunidad internacional reconoce como Israel, hace pocos años pertenecía a los palestinos. Hoy en día, los mismos palestinos tienen prohibido llegar a esas tierras que eran de su propiedad y que fueron usurpadas por unos extranjeros que nada tienen que ver con esta tierra. Unos ochocientos mil palestinos fueron expulsados de manera violenta de sus propias casas por parte de judíos sionistas para crear un Estado sobre la tierra del pueblo palestino. Y continuando con esta última afirmación, les invito a reflexionar: una persona que está totalmente convencida de que una tierra le pertenece desde hace tres mil años, pero que sin embargo, su padre, su abuelo y sus antepasados nacieron en algún país de Europa y no tienen ninguna manera de probar la heredad de esta, ¿Cómo puede esta persona reclamar una tierra en la que nunca antes tuvo algún tipo de relación con ella? Y además de eso, ¿es aceptable expulsar a una población autóctona por la fuerza usando un pretexto religioso?

Los judíos sionistas que han estado viniendo todos estos últimos años a Palestina no pueden confirmar su ascendencia con el antiguo pueblo de Israel, puesto que los sionistas son colonos. Solo hay que ser lógico y reflexionar sobre cuál es la región a la que nos estamos refiriendo (Oriente Medio), y  pensar sobre el origen de la gran mayoría de los judíos que colonizaron y continúan colonizando Palestina.

Por otro lado, cierto es que en Palestina ya existían judíos, y siguen existiendo (aunque de ello no se mencione en los medios de comunicación), sin embargo, no son los mismos a los que nos referimos en este artículo. Hoy en día, reside en Palestina la comunidad samaritana, y que posee la Torá más antigua del mundo. Ellos tienen tarjeta de Identidad palestina, hablan el árabe y el dialecto palestino, trabajan y van a las universidades palestinas y se reconocen orgullosamente como parte de la sociedad palestina. La comunidad samaritana total representa la cifra de unos ocho mil fieles, cuatro mil de ellos viven en la ciudad palestina de Nablus. Con lo cual, este es un claro ejemplo de que la convivencia entre las tres grandes religiones (musulmana, cristiana y judía) en un mismo territorio, en este caso Palestina, es totalmente viable. Así pues, el problema está en la ideología sionista que busca exterminar al pueblo palestino, y no en una religión u otra. Aunque si quizás, en la mala interpretación de ella.

Artículo publicado en: Las Dos Orillas 

Link: https://www.las2orillas.co/israel-oriente-medio/

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